Por Adrian Moderna, 7 de enero de 2026
Internet no ha muerto.
Lo que ha cambiado —y mucho— es cómo vivimos dentro de él.
Decir que Internet ha muerto es una reacción humana comprensible. Cuando algo deja de comportarse como lo conocíamos, tendemos a darlo por perdido. Pero confundir mutación con muerte es un error peligroso. Especialmente cuando hablamos del sistema nervioso digital que sostiene nuestra vida personal, económica y política.
Internet sigue ahí.
Funciona.
Y funciona muy bien.
El problema no es la red.
El problema es que ya no entendemos dónde estamos parados dentro de ella.
Durante años, navegar por Internet era relativamente sencillo desde el punto de vista mental. Había una separación bastante clara entre lo público y lo privado, entre lo personal y lo profesional, entre lo importante y lo accesorio.
Hoy esa separación se ha diluido.
Vivimos en un entorno digital donde todo parece mezclado, y eso nos ha hecho perder algo esencial:
un mapa privado, actualizado y consciente de nuestra vida digital.
Ese mapa ya no es opcional.
Es imprescindible.
Necesitamos saber, con claridad:
Sin ese mapa, navegamos a ciegas.
El entretenimiento ocupa el mismo espacio mental que lo esencial.
La banalidad convive con lo crítico.
Y mientras tanto, lo realmente importante queda enterrado bajo capas de ruido.
La ciberseguridad importa.
Los datos personales importan.
Y no solo por razones técnicas o legales, sino porque son parte del humano.
Nuestros datos no son ficheros abstractos.
Son extensiones de nosotros mismos.
Hablamos de:
Todo eso forma parte de nuestra integridad.
Y como cualquier otra forma de integridad, debería ser protegida con criterio, no con fe ciega.
Los humanos seguimos siendo animales.
Animales con cerebro, empatía y ética —a veces—, pero animales al fin y al cabo.
A lo largo de la historia, hemos protegido aquello que nos permitía sobrevivir:
Hoy, uno de los recursos más críticos es la data que generamos cada día.
No porque sea “valiosa” en abstracto, sino porque describe quiénes somos.
Vivimos rodeados de dispositivos que generan datos de forma constante:
móviles, ordenadores, relojes, cámaras, sensores, coches, asistentes de voz.
Cada uno de ellos produce material bruto.
Y con las tecnologías actuales de inteligencia artificial —las visibles y las invisibles— ese material permite construir algo muy potente:
el perfilado humano.
El perfilado humano no es ciencia ficción.
Es estadística aplicada a gran escala.
Cuando la cantidad de datos es suficiente, el perfilado se vuelve trivial.
No perfecto.
Pero sí suficientemente bueno como para otorgar ventaja.
Y en el mundo real, el poder rara vez necesita certeza absoluta.
Le basta con ventaja operativa.
Sí, probablemente ya llegamos tarde a muchas cosas.
Pero no todo está perdido.
Situémonos en 2026.
Cuando un Estado respetado utiliza toda su maquinaria —física y digital, humana y automatizada— puede realizar operaciones que hace no tanto tiempo parecían imposibles.
La extracción quirúrgica de un jefe de Estado, por ejemplo, no es posible solo por fuerza militar.
Es posible por información.
Perfilado humano.
Metadatos.
Patrones.
Predicción.
La seguridad nacional ya no depende únicamente de soldados preparados físicamente.
Depende, en gran medida, de los datos obtenidos, procesados y comprendidos.
Y esto nos lleva a una reflexión inevitable.
Es un hecho: las grandes potencias invierten enormes cantidades de recursos en su defensa.
Otros Estados no lo hacen del mismo modo porque delegan esa función en aliados más grandes.
Eso, en principio, no es malo.
Pero hay una verdad incómoda que la historia nos recuerda una y otra vez:
Un aliado puede dejar de serlo.
Los objetivos cambian.
Las circunstancias cambian.
Los humanos cambian.
Lo mismo ocurre cuando delegamos funciones críticas —o datos vitales— en proveedores externos.
Especialmente cuando esos datos somos nosotros.
Si un día ese proveedor deja de alinearse con nuestros intereses, la ventaja operativa ya no estará de nuestro lado.
Llegamos al punto que nos ha traído hasta aquí.
Miguel De Bruycker, director del Centro de Ciberseguridad de Bélgica, afirmó:
“We've lost the whole cloud.
We have lost the internet, let's be honest.
If I want my information 100 per cent in the EU… keep on dreaming.
You're setting an objective that is not realistic.”
Quiero entender a Miguel.
De verdad.
Cuando habla de control económico-estratégico del mercado cloud a gran escala, tiene razón:
Europa no controla los grandes proveedores hyperscale.
El mercado IaaS/PaaS global está dominado por AWS, Azure y Google Cloud.
No existe hoy un hyperscaler europeo con la misma cuota, capilaridad y ecosistema.
Eso es un hecho.
Pero de ahí no se deduce que:
Probablemente Miguel nos está diciendo algo más simple y más incómodo:
la tecnología que usamos de forma masiva no es europea.
Cuando Miguel dice que Europa ha perdido Internet, no habla de cables, routing o servidores.
Habla de:
Pero la metáfora es peligrosa.
Porque Europa sí tiene:
Y lo más importante:
tiene control soberano de su red, siempre que sus actores hagan bien su trabajo.
Además, incluso si desconfiamos de la ruta, hoy existen tecnologías de cifrado avanzado que permiten comunicaciones seguras de extremo a extremo.
Por tanto, digámoslo claro:
Europa no ha perdido Internet.
Ha cedido poder en las capas altas.
Decir que garantizar que el 100 % de la información esté en la UE “no es realista” es una opinión, no un hecho técnico.
Es cierto que, en el modelo actual, parece poco realista.
Muchas empresas, organizaciones y Estados utilizan:
de vendors no europeos, aunque los datos residan físicamente en la UE.
Eso genera dependencia:
Pero aquí está lo que no se dice:
Sí es técnicamente posible diseñar arquitecturas 100 % europeas.
Lo que ocurre es que:
Y eso incomoda.
Confundir incomodidad con imposibilidad es un error grave.
Existen ejemplos reales.
Basta con mirar proyectos europeos de alto nivel, infraestructuras punteras, centros de datos accesibles, tecnología hecha “en casa”.
Quien se acerca con honestidad técnica suele sorprenderse.
No por la cantidad.
Por la calidad.
Europa no carece de talento.
Lo exporta.
Muchos ingenieros brillantes trabajan fuera porque allí se les escucha, se les paga y se les permite decidir.
No es un problema técnico.
Es un problema de decisiones.
El mayor riesgo de este debate no es tecnológico.
Es cognitivo.
Cuando mezclamos en una sola frase:
sin separar capas, ocurre lo inevitable:
El mundo del revés.
Y no, Europa no es el mundo del revés.
Tiene base.
Tiene fondo.
Tiene estándares de calidad muy altos.
“Europa controla su red,
pero no controla las plataformas
ni los grandes servicios digitales
que hoy definen el poder en Internet.”
Eso es preciso.
Eso es honesto.
Eso permite construir.
En las películas, cuando hay una crisis global, siempre hay un técnico al que nadie escucha… hasta que ya es inevitable.
No somos héroes.
Somos traductores.
Entre máquinas y humanos.
Entre complejidad y comprensión.
Internet no ha muerto.
Pero exige que lo entendamos mejor que nunca.
Porque comprender es el primer acto de defensa.
Y si este texto te ha ayudado a entender, estoy aquí para seguir explicándolo.
A personas, empresas u organizaciones.
No para asustar.
Para construir.