No quiero hablar de una epicondilitis.
Quiero hablar de algo mucho más importante.
Quiero hablar de deuda técnica biológica.
Hace unos meses empecé a notar que algo no iba bien. Como hace mucha gente, seguí adelante. Trabajé. Aguanté. Adapté movimientos. Reduje algunas cosas. Probé otras. Conviví con ello.
Lo que empezó siendo una molestia acabó convirtiéndose en una tendinopatía crónica tipo epicondilitis.
Y aquí apareció algo que me sorprendió.
No la lesión.
La reacción de la sociedad ante la lesión.
Cuando alguien se rompe una pierna, nadie discute que necesita tiempo.
Cuando alguien se rompe una mano, nadie discute que necesita tiempo.
Cuando alguien tiene una cirugía, nadie discute que necesita tiempo.
Pero cuando hablamos de muchas lesiones musculoesqueléticas por sobreuso ocurre algo extraño.
Como la persona todavía puede moverse.
Como todavía puede trabajar.
Como todavía puede escribir.
Como todavía puede conducir.
La conversación deja de centrarse en la recuperación y pasa a centrarse en la capacidad residual.
La pregunta deja de ser:
«¿Qué necesita esta persona para recuperarse correctamente?»
Y se convierte en:
«¿Todavía puede seguir funcionando?»
Y son preguntas completamente distintas.
Mi caso es relativamente poco habitual.
Tengo acceso a un seguro médico privado de alto nivel a través de mi empresa.
Cuando decidí que aquello no estaba evolucionando bien, en aproximadamente un mes ya había pasado por:
– ecografía,
– traumatología,
– diagnóstico,
– inicio de tratamiento.
No compré una cura.
No compré un traumatólogo mágico.
Compré algo mucho más importante.
Compré tiempo.
O mejor dicho.
Compré ausencia de espera.
Y eso me hizo reflexionar sobre algo.
Como CTO llevo más de treinta años diseñando, operando y reparando sistemas.
He visto cientos de incidencias.
Y existe una verdad que se repite constantemente:
La latencia tiene un coste.
La incertidumbre tiene un coste.
Las colas tienen un coste.
No siempre vemos ese coste porque no aparece en una factura.
Pero existe.
Cuando una organización tarda meses en diagnosticar un problema, el problema no desaparece durante esos meses.
Sigue evolucionando.
Con los tendones ocurre algo parecido.
Un tendón no suele funcionar en binario.
No pasa de sano a roto instantáneamente.
Muchas veces existe una degradación progresiva.
Una pérdida gradual de capacidad.
Una acumulación lenta de daño.
Y ahí aparece un fenómeno cultural que considero profundamente peligroso.
La banalización de las lesiones por sobreuso.
Escuchamos frases como:
«Eso lo tiene todo el mundo.»
«Yo también tengo de eso.»
«Todos seguimos trabajando.»
«Es normal con la edad.»
«Es normal en informática.»
Puede que muchas de esas frases sean ciertas.
Pero son irrelevantes.
Porque la prevalencia de una lesión no nos dice nada sobre el coste de ignorarla.
La hipertensión es frecuente.
La diabetes es frecuente.
La artrosis es frecuente.
Y nadie concluye por ello que deban ignorarse.
Sin embargo, con los tendones muchas veces sí ocurre.
Creo que parte del problema nace de una confusión fundamental.
Confundimos capacidad presente con capacidad futura.
Que una persona pueda trabajar hoy no significa que esté en condiciones de recuperarse.
Que una persona pueda soportar una carga hoy no significa que esa carga sea compatible con la recuperación.
Y aquí es donde la experiencia profesional me ha influido enormemente.
Cuando un servidor empieza a mostrar errores de disco, nadie dice:
«Bueno, todavía arranca.»
Cuando una base de datos empieza a degradarse, nadie dice:
«Bueno, todavía responde.»
Cuando una fuente empieza a fallar bajo carga, nadie dice:
«Bueno, todavía funciona.»
Lo que hacemos es preguntarnos:
«¿Qué nos está diciendo el sistema?»
Con el cuerpo deberíamos hacer algo parecido.
Porque el dolor, la pérdida de fuerza, la reducción de tolerancia a determinadas tareas o la fatiga precoz son información.
No necesariamente información perfecta.
Pero información.
En mi caso hubo un momento muy concreto.
Mi cuerpo dejó de permitirme cargar al 100%.
Ni al 90%.
Ni al 80%.
Había una limitación clara.
Y para mí eso significaba algo muy sencillo:
El sistema estaba intentando comunicarme algo.
La reacción habitual es pensar:
«Todavía puedo seguir.»
Mi reacción fue otra:
«¿Por qué ya no puedo hacer lo que antes hacía?»
Y creo que ahí está la diferencia.
No estaba pensando en cómo producir esta semana.
Estaba pensando en cómo seguir produciendo dentro de cinco años.
Porque mi trabajo depende precisamente de aquello que estaba lesionado.
Para un corredor son las piernas.
Para un violinista son las manos.
Para un cirujano es la precisión motora.
Para alguien que lleva décadas trabajando con tecnología, las extremidades superiores no son un accesorio.
Son parte de la cadena de producción.
Y aquí llegamos al concepto central.
La deuda técnica biológica.
Todos entendemos la deuda técnica en informática.
Sabemos que un sistema puede seguir funcionando mientras acumula problemas.
Sabemos que esos problemas pueden ignorarse durante un tiempo.
Sabemos que incluso pueden parecer invisibles.
Hasta que un día dejan de serlo.
Los tendones tienen una lógica parecida.
Puedes ignorar señales.
Puedes seguir trabajando.
Puedes compensar.
Puedes adaptarte.
Puedes aguantar.
Pero el hecho de que algo sea posible no significa que sea sostenible.
Por eso he llegado a una conclusión sencilla.
La pregunta correcta no es:
«¿Cuánto puedo hacer hoy?»
La pregunta correcta es:
«¿Qué decisión maximiza mis probabilidades de conservar mi capacidad funcional dentro de uno, cinco o diez años?»
No sé cuál es la respuesta perfecta para cada persona.
No sé cuál es la política sanitaria ideal.
No sé cuál es el punto óptimo de inversión pública o privada.
Lo que sí sé es esto:
Si tu cuerpo te está diciendo algo.
Escúchalo.
Si una lesión no converge.
Investígala.
Si una capacidad importante para tu vida profesional empieza a degradarse.
No la ignores.
Porque la recuperación no compite contra el dolor.
Compite contra el tiempo.
Y el tiempo, igual que ocurre en los sistemas complejos, suele ser mucho más importante de lo que parece cuando el problema todavía no ha explotado.
La gran paradoja es que muchas personas siguen funcionando mientras se deterioran.
Y precisamente por eso nadie actúa.
Hasta que un día descubren que aquello que podían haber resuelto antes ahora requiere años para recuperarse.
No porque fueran débiles.
No porque fueran irresponsables.
Sino porque confundieron una capacidad temporal de seguir produciendo con una garantía de sostenibilidad futura.
Y son cosas radicalmente distintas.