Del automóvil a la infraestructura energética

Por qué el mayor cambio del automóvil del siglo XXI quizá no sea el coche eléctrico, sino la unión entre movilidad, energía y autonomía doméstica

«Spoiler.

Voy a hacer una afirmación que hace apenas diez años me habría parecido exagerada incluso a mí.

Es posible que el mayor avance del automóvil moderno no sea el motor eléctrico.

Ni siquiera la batería.

Es posible que el verdadero cambio de paradigma sea mucho más silencioso.

Que, por primera vez en más de un siglo, el automóvil esté dejando de ser únicamente un medio de transporte para convertirse en una pieza más de la infraestructura energética de una vivienda.

Y si esa afirmación termina siendo cierta, dentro de unas décadas miraremos atrás y nos daremos cuenta de que llevábamos más de cien años haciendo la pregunta equivocada.»

Introducción. La pregunta equivocada

Vivimos una época curiosa.

Nunca se ha hablado tanto de automóviles.

Nunca ha existido tanta oferta.

Nunca ha habido tanta tecnología.

Y, sin embargo, tengo la sensación de que casi todas las conversaciones importantes sobre movilidad están mal planteadas.

Discutimos sobre eléctricos.

Sobre híbridos.

Sobre gasolina.

Sobre diésel.

Sobre emisiones.

Sobre autonomía.

Sobre tiempos de carga.

Sobre si una tecnología «ganará» a otra.

Pero muy pocas veces nos detenemos a pensar cuál es realmente el problema que estamos intentando resolver.

Porque quizá el automóvil nunca haya sido el protagonista.

Quizá el verdadero protagonista siempre haya sido la energía.

Y eso cambia completamente la conversación.

El mejor rival posible

Cuando decidí analizar este problema me impuse una condición.

No iba a comparar un híbrido enchufable moderno contra un coche cualquiera.

Eso habría sido demasiado fácil.

Quería enfrentarlo a uno de los mejores motores que ha producido la industria europea en términos de equilibrio entre coste, consumo, robustez y durabilidad.

Un viejo conocido.

Un Seat León de 2004 equipado con el mítico 1.9 TDI del Grupo VAG.

Más de veinte años después continúa funcionando.

Su mantenimiento durante toda su vida ha sido sorprendentemente bajo.

Su consumo sigue siendo extraordinario.

Su autonomía continúa siendo excelente.

Y probablemente siga circulando muchos años más.

No es un coche excepcional porque corra mucho.

Lo es porque representa el final de una época.

La época en la que la ingeniería del motor de combustión alcanzó una madurez extraordinaria.

Por eso era el rival perfecto.

Si una tecnología moderna conseguía plantear argumentos sólidos frente a semejante referencia, significaría que merecía la pena escucharla.

La realidad del día a día

Mi realidad es sencilla.

Recorro aproximadamente tres mil kilómetros al mes.

No es una cifra representativa de la media de conductores.

Es una cifra elevada.

Y precisamente por eso el coste energético empieza a ser importante.

Mi León consume aproximadamente doscientos litros de combustible cada mes.

Cuatro depósitos.

Trescientos euros aproximadamente.

Mes tras mes.

Año tras año.

Es un coste perfectamente asumible.

Pero también es un coste permanente.

No importa cuántos años tenga el coche.

No importa cuánto haya costado.

Cada mes vuelvo a empezar desde cero.

Lleno el depósito.

La energía desaparece.

Vuelvo a llenar el depósito.

Y así sucesivamente.

Durante veinte años.

Sin excepción.

Hasta aquí no hay ninguna sorpresa.

Así ha funcionado el automóvil desde hace más de un siglo.

La primera sorpresa

Entonces decidí mirar un compacto híbrido enchufable moderno.

No un SUV.

No un coche de lujo.

No un vehículo experimental.

Simplemente un compacto comparable al mío.

El León eHybrid.

Y ahí apareció el primer dato que me hizo detenerme.

Su batería ronda los veinte kilovatios hora.

Su autonomía eléctrica real ronda los cien kilómetros.

Exactamente el orden de magnitud que necesita una enorme cantidad de conductores para cubrir su movilidad cotidiana.

Hasta aquí tampoco parece revolucionario.

Lo interesante empieza cuando hacemos una cuenta extremadamente sencilla.

Si cargar completamente esa batería cuesta aproximadamente tres euros durante la noche…

…y esa carga permite recorrer aproximadamente cien kilómetros…

…entonces recorrer esos mismos tres mil kilómetros mensuales cuesta aproximadamente noventa euros.

Noventa.

No trescientos.

La diferencia es enorme.

Pero todavía no es la conclusión importante.

De hecho, podría decirse que es la parte menos interesante de todo el análisis.

El error que cometemos todos

En este punto la mayoría de artículos terminan.

Comparan:

300 euros.

Contra 90 euros.

Y concluyen que el híbrido enchufable consume menos.

Fin del análisis.

Pero ese razonamiento es incompleto.

Porque inmediatamente aparece la objeción lógica.

«Sí… pero el coche cuesta cuarenta mil euros.»

Y es verdad.

Mi viejo León está amortizado desde hace años.

No tiene ningún sentido exigir que un vehículo completamente nuevo recupere su coste únicamente mediante el ahorro de combustible.

Sería un análisis profundamente injusto.

La comparación correcta no es:

León 2004.

Contra.

León 2026.

La comparación correcta es otra muy distinta.

Supongamos que mañana mi viejo León deja de existir.

¿Qué compraría?

¿Otro compacto moderno de gasolina?

¿Un diésel moderno?

¿O un híbrido enchufable?

Y aquí ocurre algo muy interesante.

Porque un compacto moderno de gasolina o diésel ya no cuesta diez mil euros.

Cuesta treinta.

Treinta y cinco.

Incluso más.

De repente el híbrido enchufable deja de ser un coche absurdamente caro.

Pasa a ser una variante tecnológica cuyo sobrecoste empieza a medirse en unos pocos miles de euros.

La conversación cambia completamente.

El momento en que el coche deja de ser el protagonista

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Dejé de pensar en coches.

Empecé a pensar en energía.

Los tres mil kilómetros mensuales del híbrido enchufable requieren aproximadamente quinientos setenta kilovatios hora al mes.

Quinientos setenta.

Ese número empezó a perseguirme.

Porque ya lo había visto antes.

Una instalación fotovoltaica residencial razonable puede producir una cantidad de energía de ese orden de magnitud.

De repente dejé de preguntarme cuánto combustible consumía un coche.

Empecé a preguntarme cuánto costaba producir esa energía.

Son dos preguntas completamente distintas.

Y conducen a dos formas radicalmente diferentes de entender la movilidad.

Comprar combustible o comprar capacidad de producir energía

Durante más de cien años hemos hecho exactamente la misma operación.

Compramos energía.

La consumimos.

Desaparece.

Volvemos a comprarla.

Nunca poseemos la energía.

Simplemente pagamos por utilizarla.

Una instalación fotovoltaica funciona exactamente al revés.

No compra energía.

Compra infraestructura.

Paneles.

Estructura.

Inversor.

Cableado.

Es decir, compra capacidad de producir energía durante décadas.

Y aquí aparece una idea que, en mi opinión, cambia completamente el paradigma.

No estamos dejando de comprar combustible.

Estamos comprando por adelantado una parte importante de nuestra energía futura.

La diferencia conceptual es enorme.

El dinero deja de ir al depósito

Supongamos un escenario muy sencillo.

Mi León TDI.

Tres mil kilómetros al mes.

Trescientos euros mensuales de combustible.

Durante diez años.

Eso supone aproximadamente treinta y seis mil euros únicamente en energía.

Treinta y seis mil euros.

Sin contar mantenimiento.

Sin contar averías.

Sin contar el propio coche.

Simplemente combustible.

Ahora imaginemos otro escenario.

Un híbrido enchufable moderno.

Una instalación fotovoltaica correctamente dimensionada.

Durante los primeros años la instalación se amortiza.

Los paneles producen energía.

El coche consume esa energía.

Y una vez amortizada la instalación, el coste marginal de esos kilómetros cae drásticamente.

No desaparece.

Existen mantenimientos.

Existe degradación.

Existe reposición de componentes.

Pero la naturaleza del gasto cambia completamente.

Ya no depende principalmente del mercado energético.

Depende, sobre todo, de una infraestructura que ya es nuestra.

Y aquí aparece una idea especialmente interesante.

En determinados escenarios de uso intensivo, el ahorro energético acumulado durante la vida económica del vehículo puede acercarse al coste de adquisición del propio automóvil.

No significa que el coche salga gratis.

Significa algo mucho más importante.

Que una parte muy significativa del dinero que antes desaparecía cada mes en combustible puede transformarse en patrimonio tecnológico.

En activos.

No en consumo.

OPEX contra CAPEX

Los ingenieros y los directores técnicos estamos acostumbrados a pensar de otra manera.

Existe una diferencia enorme entre un gasto operativo y una inversión.

El combustible es un gasto operativo puro.

Cada litro desaparece para siempre.

La fotovoltaica es una inversión.

Produce durante décadas.

Quizá el concepto más potente de todo este artículo sea precisamente ese.

No estamos comparando dos coches.

Estamos comparando dos modelos económicos.

Modelo A.

Comprar energía continuamente.

Modelo B.

Comprar capacidad de producir energía.

Y esa diferencia trasciende completamente el automóvil.

Entonces comprendí que estaba analizando otra cosa

En ese momento dejé de pensar en un híbrido enchufable.

Empecé a pensar en una arquitectura energética.

Porque la misma instalación fotovoltaica que alimenta el coche también puede alimentar la vivienda.

Puede reducir el coste del aire acondicionado.

Puede reducir el coste de una bomba de calor.

Puede alimentar un sistema de ventilación.

Puede reducir el coste de servidores domésticos.

Puede reducir el coste de herramientas.

Puede reducir el coste de cualquier consumo eléctrico.

Es decir.

La infraestructura deja de pertenecer al coche.

El coche pasa a pertenecer a la infraestructura.

Y esa frase resume probablemente todo este artículo.

La batería deja de ser una batería

Un híbrido enchufable moderno incorpora aproximadamente veinte kilovatios hora de almacenamiento.

Eso significa que, cuando está aparcado en el garaje, posee una batería comparable a muchas instalaciones domésticas.

Y entonces apareció otra idea fascinante.

¿Qué ocurrirá cuando esa batería pueda alimentar la vivienda?

La industria ya trabaja en ello.

Vehicle to Home.

Vehicle to Grid.

Hoy todavía es una tecnología incipiente.

Muy condicionada por fabricantes.

Muy condicionada por regulación.

Pero el concepto es extraordinario.

Porque el coche deja de ser únicamente un vehículo.

Pasa a ser un almacenamiento energético móvil.

Y, en el caso de un híbrido enchufable, además incorpora un motor térmico y un depósito de combustible capaces de proporcionar una capa adicional de resiliencia en determinadas situaciones extraordinarias.

No es el escenario más eficiente.

Pero sí uno extraordinariamente robusto.

La gran conclusión

Este artículo no pretende convencer a nadie para comprar un híbrido enchufable.

Tampoco pretende afirmar que el motor de combustión haya terminado su historia.

Mi viejo León sigue siendo uno de los mejores ejemplos de ingeniería automovilística que conozco.

Lo que sí creo es que estamos asistiendo a algo mucho más importante.

Por primera vez, un automóvil empieza a formar parte de un sistema energético.

Y ese cambio de paradigma tiene implicaciones enormes.

Porque la conversación deja de girar alrededor del vehículo.

Empieza a girar alrededor de la infraestructura.

Quizá dentro de veinte años descubramos que muchas de estas ideas necesitaban matices.

Que algunas tecnologías tomaron caminos diferentes.

Que otras fracasaron.

Eso forma parte del progreso.

Pero tengo la impresión de que hay una idea que sí permanecerá.

Durante más de un siglo hemos comprado vehículos para consumir energía.

Quizá el verdadero cambio del siglo XXI consista en construir infraestructuras capaces de producirla.

Y cuando eso ocurra, miraremos atrás y comprenderemos que la gran revolución del automóvil moderno nunca fue abandonar el motor de combustión.

La verdadera revolución fue dejar de pensar en el coche como un coche.

Y empezar a entenderlo como una pieza más de un ecosistema energético distribuido, donde la movilidad, la vivienda y la producción de energía dejan de ser sistemas independientes para convertirse, por fin, en uno solo.

— 8< —

CAPEX (Capital Expenditure): dinero que inviertes para comprar o construir algo que va a durar años. Es una inversión.
Ejemplos: comprar un servidor, una máquina, una furgoneta, una instalación fotovoltaica o una nave.
OPEX (Operating Expenditure): dinero que gastas para que el negocio funcione en el día a día. Es un gasto operativo.
Ejemplos: alquiler, electricidad, combustible, Internet, licencias de software, mantenimiento o nóminas.
Una forma muy fácil de recordarlo:
CAPEX = «Lo compro y pasa a ser mío.»
OPEX = «Lo pago para poder seguir funcionando.»
Ejemplo práctico:
Compras un servidor por 5.000 € → CAPEX.
Pagas 150 €/mes por alojar un servidor en un datacenter → OPEX.
En una sola frase:
CAPEX construye el futuro de la empresa; OPEX mantiene la empresa funcionando cada día.

El mundo sin silencios

Hubo un tiempo en el que el silencio no era un lujo. Era el estado natural entre acontecimientos. Existía entre conversación y conversación. Entre llamada y llamada. Entre pensamiento y pensamiento. Había kilómetros de carretera mirando por una ventana. Colas. Bancos. Esperas. Caminatas. Tardes. Habitaciones sin nada encendido. Y aunque entonces no lo supiéramos, aquellos espacios muertos estaban sosteniendo algo inmenso: la continuidad interna del ser humano.

Hoy casi no quedan.

No desaparecieron de golpe. Nadie declaró oficialmente su final. Simplemente fueron siendo ocupados. Poco a poco. Una notificación aquí. Un feed allá. Una pantalla durante la cena. Un vídeo corto mientras esperamos otro vídeo corto. Un impulso diminuto repetido millones de veces hasta colonizar el fondo completo de la experiencia humana.

Y lo más inquietante es que apenas nos dimos cuenta.

La humanidad ha construido máquinas capaces de conectar el planeta entero en milisegundos, pero en el proceso ha comenzado a perder la capacidad de permanecer presente durante unos pocos segundos seguidos. Ya no toleramos la pausa. Ya no toleramos la latencia. Ya no toleramos el vacío. Cualquier microsegundo sin estímulo parece pedir ser anestesiado inmediatamente con otra dosis de información, ruido o distracción.

El problema es que el cerebro humano nunca fue diseñado para vivir así.

Durante cientos de miles de años, nuestra biología evolucionó en entornos donde las amenazas eran episódicas, el ritmo era cíclico y el silencio formaba parte estructural de la vida. El sistema nervioso aprendió a alternar tensión y recuperación. Activación y descanso. Vigilancia y calma. Pero ahora hemos creado un entorno donde la activación ya no termina nunca. No porque alguien nos persiga físicamente. Sino porque todo compite por mantener una pequeña parte de nuestra atención permanentemente encendida.

Y el cuerpo no distingue demasiado bien entre una amenaza física y una sensación continua de vigilancia.

Por eso tanta gente vive cansada sin entender exactamente por qué.

No es solo falta de sueño. No es solo trabajo. No es solo ansiedad. Es algo más difuso y más profundo. Es el agotamiento de sostener demasiados contextos abiertos simultáneamente. Demasiadas pestañas mentales. Demasiadas interrupciones. Demasiados inputs. Demasiadas capas de ruido superpuestas unas encima de otras hasta convertir la mente en una especie de sistema operativo incapaz de entrar realmente en reposo.

Hemos construido una civilización obsesionada con acelerar el flujo de información mientras erosionaba, en silencio, la capacidad humana para procesarla.

Y estamos empezando a notar las consecuencias.

Conversaciones donde alguien mira el móvil a los tres segundos. Cenas enteras fragmentadas por notificaciones invisibles. Personas incapaces de caminar sin estímulo. Familias reunidas en el mismo espacio, pero ausentes del mismo momento. Amigos que ya no descansan ni estando juntos. Relaciones que no se rompen de golpe, sino por erosión continua de la presencia compartida.

Porque las relaciones humanas necesitan atención sostenida para existir de verdad.

Necesitan silencios cómodos. Ritmos lentos. Tiempo improductivo. Miradas completas. Aburrimiento conjunto. Necesitan que alguien permanezca ahí sin sentir la urgencia de escapar constantemente hacia otro estímulo.

Pero hemos construido un ecosistema entero diseñado exactamente en dirección contraria.

Y aquí aparece una de las ironías más brutales de nuestra época: muchas personas ya no saben distinguir entre estar estimuladas y estar vivas.

Confunden actividad con significado. Saturación con importancia. Disponibilidad permanente con conexión humana. Pero el sistema nervioso paga la factura igualmente. La paga en forma de ansiedad basal. Fatiga rara. Irritabilidad. Niebla mental. Dificultad para enfocarse. Sensación constante de urgencia difusa. La paga en forma de incapacidad para descansar incluso cuando técnicamente estamos descansando.

Por eso el cortisol ha saltado a la conversación pública. No porque de repente el mundo haya descubierto una hormona mágica. Sino porque millones de personas empiezan a intuir que algo no encaja. Que quizá no es normal vivir permanentemente acelerados. Que quizá el cerebro humano no fue diseñado para sostener este nivel de exposición, interrupción y vigilancia continua durante décadas.

Y aun así seguimos normalizándolo.

Normalizamos responder mensajes trabajando. Normalizamos dormir mirando una pantalla. Normalizamos no poder sostener una conversación sin consultar el móvil. Normalizamos que la atención humana se haya convertido en el recurso más explotado del planeta.

Lo más peligroso de todo es que esta degradación es silenciosa.

No llega como una catástrofe visible. Llega como pequeñas renuncias acumulativas. Como microfracturas de presencia. Como reducción progresiva de la profundidad emocional, cognitiva y relacional. Hasta que un día descubrimos que hace años que no pensamos profundamente sobre nada. Hace años que no escuchamos realmente. Hace años que no descansamos del todo.

Y quizá lo más duro sea esto: mucha gente ni siquiera recuerda cómo se sentía una mente con espacio interno.

Porque el dispositivo dejó de ser herramienta hace tiempo. Ahora es entorno. Extensión cognitiva. Regulador emocional. Escape instantáneo del aburrimiento. Interfaz social. Sistema nervioso externo.

Vivimos dentro de la economía de la interrupción.

Y eso cambia a las personas.

Las vuelve más reactivas. Más fragmentadas. Más impacientes. Más vulnerables a cualquier estímulo inmediato. Menos capaces de sostener complejidad, silencio y pensamiento continuo. Exactamente las capacidades que construyen criterio, profundidad y humanidad.

Sin embargo, quizá todavía estemos a tiempo de corregir parte de esta deriva.

No mediante rechazo fanático de la tecnología. No huyendo al bosque. No demonizando internet. Sería absurdo. La tecnología es una de las herramientas más extraordinarias que hemos creado jamás. El problema nunca fue la tecnología en sí. El problema es el diseño de entornos digitales que extraen atención humana sin respetar los límites biológicos del sistema que la produce.

Y ahí empieza la responsabilidad real.

Diseñar tecnología que no degrade la capacidad de pensar de quien la usa.

Diseñar productos que no necesiten explotar ansiedad para funcionar.

Diseñar espacios donde el ser humano pueda volver a respirar mentalmente.

Recuperar fricción saludable. Recuperar presencia. Recuperar capacidad de enfoque. Recuperar la dignidad de poder pensar despacio en un mundo que monetiza nuestra impulsividad.

Porque quizá el lujo real del futuro no sea la velocidad.

Quizá sea el silencio.

Quizá la nueva rebeldía no consista en desconectarse completamente del mundo, sino en aprender a habitarlo sin entregar por completo la propia mente a sistemas diseñados para fragmentarla.

Quizá el verdadero acto revolucionario de esta década sea volver a prestar atención.

Atención real.

Atención humana.

Atención completa.

Y quizá todavía podamos enseñarnos unos a otros cómo volver a hacerlo antes de olvidar definitivamente que alguna vez supimos vivir de otra manera.

Deuda técnica biológica

No quiero hablar de una epicondilitis.

Quiero hablar de algo mucho más importante.

Quiero hablar de deuda técnica biológica.

Hace unos meses empecé a notar que algo no iba bien. Como hace mucha gente, seguí adelante. Trabajé. Aguanté. Adapté movimientos. Reduje algunas cosas. Probé otras. Conviví con ello.

Lo que empezó siendo una molestia acabó convirtiéndose en una tendinopatía crónica tipo epicondilitis.

Y aquí apareció algo que me sorprendió.

No la lesión.

La reacción de la sociedad ante la lesión.

Cuando alguien se rompe una pierna, nadie discute que necesita tiempo.

Cuando alguien se rompe una mano, nadie discute que necesita tiempo.

Cuando alguien tiene una cirugía, nadie discute que necesita tiempo.

Pero cuando hablamos de muchas lesiones musculoesqueléticas por sobreuso ocurre algo extraño.

Como la persona todavía puede moverse.

Como todavía puede trabajar.

Como todavía puede escribir.

Como todavía puede conducir.

La conversación deja de centrarse en la recuperación y pasa a centrarse en la capacidad residual.

La pregunta deja de ser:

«¿Qué necesita esta persona para recuperarse correctamente?»

Y se convierte en:

«¿Todavía puede seguir funcionando?»

Y son preguntas completamente distintas.

Mi caso es relativamente poco habitual.

Tengo acceso a un seguro médico privado de alto nivel a través de mi empresa.

Cuando decidí que aquello no estaba evolucionando bien, en aproximadamente un mes ya había pasado por:

– ecografía,
– traumatología,
– diagnóstico,
– inicio de tratamiento.

No compré una cura.

No compré un traumatólogo mágico.

Compré algo mucho más importante.

Compré tiempo.

O mejor dicho.

Compré ausencia de espera.

Y eso me hizo reflexionar sobre algo.

Como CTO llevo más de treinta años diseñando, operando y reparando sistemas.

He visto cientos de incidencias.

Y existe una verdad que se repite constantemente:

La latencia tiene un coste.

La incertidumbre tiene un coste.

Las colas tienen un coste.

No siempre vemos ese coste porque no aparece en una factura.

Pero existe.

Cuando una organización tarda meses en diagnosticar un problema, el problema no desaparece durante esos meses.

Sigue evolucionando.

Con los tendones ocurre algo parecido.

Un tendón no suele funcionar en binario.

No pasa de sano a roto instantáneamente.

Muchas veces existe una degradación progresiva.

Una pérdida gradual de capacidad.

Una acumulación lenta de daño.

Y ahí aparece un fenómeno cultural que considero profundamente peligroso.

La banalización de las lesiones por sobreuso.

Escuchamos frases como:

«Eso lo tiene todo el mundo.»

«Yo también tengo de eso.»

«Todos seguimos trabajando.»

«Es normal con la edad.»

«Es normal en informática.»

Puede que muchas de esas frases sean ciertas.

Pero son irrelevantes.

Porque la prevalencia de una lesión no nos dice nada sobre el coste de ignorarla.

La hipertensión es frecuente.

La diabetes es frecuente.

La artrosis es frecuente.

Y nadie concluye por ello que deban ignorarse.

Sin embargo, con los tendones muchas veces sí ocurre.

Creo que parte del problema nace de una confusión fundamental.

Confundimos capacidad presente con capacidad futura.

Que una persona pueda trabajar hoy no significa que esté en condiciones de recuperarse.

Que una persona pueda soportar una carga hoy no significa que esa carga sea compatible con la recuperación.

Y aquí es donde la experiencia profesional me ha influido enormemente.

Cuando un servidor empieza a mostrar errores de disco, nadie dice:

«Bueno, todavía arranca.»

Cuando una base de datos empieza a degradarse, nadie dice:

«Bueno, todavía responde.»

Cuando una fuente empieza a fallar bajo carga, nadie dice:

«Bueno, todavía funciona.»

Lo que hacemos es preguntarnos:

«¿Qué nos está diciendo el sistema?»

Con el cuerpo deberíamos hacer algo parecido.

Porque el dolor, la pérdida de fuerza, la reducción de tolerancia a determinadas tareas o la fatiga precoz son información.

No necesariamente información perfecta.

Pero información.

En mi caso hubo un momento muy concreto.

Mi cuerpo dejó de permitirme cargar al 100%.

Ni al 90%.

Ni al 80%.

Había una limitación clara.

Y para mí eso significaba algo muy sencillo:

El sistema estaba intentando comunicarme algo.

La reacción habitual es pensar:

«Todavía puedo seguir.»

Mi reacción fue otra:

«¿Por qué ya no puedo hacer lo que antes hacía?»

Y creo que ahí está la diferencia.

No estaba pensando en cómo producir esta semana.

Estaba pensando en cómo seguir produciendo dentro de cinco años.

Porque mi trabajo depende precisamente de aquello que estaba lesionado.

Para un corredor son las piernas.

Para un violinista son las manos.

Para un cirujano es la precisión motora.

Para alguien que lleva décadas trabajando con tecnología, las extremidades superiores no son un accesorio.

Son parte de la cadena de producción.

Y aquí llegamos al concepto central.

La deuda técnica biológica.

Todos entendemos la deuda técnica en informática.

Sabemos que un sistema puede seguir funcionando mientras acumula problemas.

Sabemos que esos problemas pueden ignorarse durante un tiempo.

Sabemos que incluso pueden parecer invisibles.

Hasta que un día dejan de serlo.

Los tendones tienen una lógica parecida.

Puedes ignorar señales.

Puedes seguir trabajando.

Puedes compensar.

Puedes adaptarte.

Puedes aguantar.

Pero el hecho de que algo sea posible no significa que sea sostenible.

Por eso he llegado a una conclusión sencilla.

La pregunta correcta no es:

«¿Cuánto puedo hacer hoy?»

La pregunta correcta es:

«¿Qué decisión maximiza mis probabilidades de conservar mi capacidad funcional dentro de uno, cinco o diez años?»

No sé cuál es la respuesta perfecta para cada persona.

No sé cuál es la política sanitaria ideal.

No sé cuál es el punto óptimo de inversión pública o privada.

Lo que sí sé es esto:

Si tu cuerpo te está diciendo algo.

Escúchalo.

Si una lesión no converge.

Investígala.

Si una capacidad importante para tu vida profesional empieza a degradarse.

No la ignores.

Porque la recuperación no compite contra el dolor.

Compite contra el tiempo.

Y el tiempo, igual que ocurre en los sistemas complejos, suele ser mucho más importante de lo que parece cuando el problema todavía no ha explotado.

La gran paradoja es que muchas personas siguen funcionando mientras se deterioran.

Y precisamente por eso nadie actúa.

Hasta que un día descubren que aquello que podían haber resuelto antes ahora requiere años para recuperarse.

No porque fueran débiles.

No porque fueran irresponsables.

Sino porque confundieron una capacidad temporal de seguir produciendo con una garantía de sostenibilidad futura.

Y son cosas radicalmente distintas.

La continuidad cognitiva del operador

Hubo una época en la que los operadores hablaban con las máquinas.

No metafóricamente.

Las escuchaban.

Sabían cuándo un disco sufría antes de morir.
Sabían cuándo una carga no era normal.
Sabían cuándo un proceso estaba “raro” sin necesidad de veinte dashboards.
Leían logs como quien lee el pulso de un organismo vivo.
Miraban un top, un ps, un lsof, y construían el mapa mental completo del sistema.

No porque fueran magos.

Porque el sistema aún cabía dentro de la comprensión humana.

La infraestructura tenía límites visibles.
La causalidad era rastreable.
La complejidad existía, sí, pero aún era posible sostenerla cognitivamente.

Entonces ocurrió algo.

La industria descubrió la velocidad.

Y durante unos años aquello pareció una revolución gloriosa.

Más paquetes.
Más automatización.
Más frameworks.
Más capas.
Más abstracciones.
Más cloud.
Más deploy.
Más “velocity”.

Por primera vez, pequeños equipos podían desplegar infraestructuras enormes en tiempo récord.

Parecía progreso inevitable.

Y parte de ello realmente lo era.

Pero, silenciosamente, se introdujo un cambio filosófico gigantesco:

La industria dejó de optimizar para comprensión humana sostenida en el tiempo…
y empezó a optimizar para velocidad inicial de despliegue.

Son métricas muy distintas.

Y las consecuencias tardaron años en aparecer.

Porque al principio todo funciona.

Siempre funciona al principio.

El hardware moderno absorbe ineficiencias.
El cloud absorbe complejidad.
Los dashboards absorben visibilidad.
La automatización absorbe fricción.

Y durante un tiempo parece que el sistema es mejor.

Hasta que llega la ola.

Llega la ola en ese momento donde:

nadie entiende el mapa completo,
las dependencias se multiplicaron,
los vendors cambiaron reglas,
el stack original ya no existe realmente,
el conocimiento quedó repartido entre personas, automatismos y terceros,
y tocar producción empieza a dar miedo.

Entonces aparece el síntoma más importante de todos.

No el outage.

No el incidente.

El humano.

El operador empieza a deteriorarse antes que el sistema.

Fatiga.
Hipervigilancia.
Burnout silencioso.
Miedo a desplegar.
“Eso no lo toques.”
Dependencia tribal.
Documentación abandonada.
Alert fatigue.
Pérdida de orgullo técnico.

Hay sistemas que técnicamente siguen vivos…
pero humanamente ya son inhabitables.

Y casi nadie mide eso.

La industria mide:

throughput,
latency,
scalability,
deploy frequency,
cost optimization.

Pero no mide:

calma operacional,
sostenibilidad cognitiva,
capacidad de comprensión,
facilidad de recuperación humana,
ni coste biológico acumulado.

Y sin embargo, ahí es donde se decide el futuro real de una infraestructura.

Porque el recurso escaso nunca fue únicamente el compute.

Es la continuidad cognitiva del operador.

Un humano puede sostener muchísima complejidad estática.
Lo que destruye al cerebro es la complejidad cambiante continua.

Por eso muchos sistemas “modernos” producen una sensación extraña:
funcionan… pero nadie duerme tranquilo cerca de ellos.

Y aquí aparece una verdad incómoda.

Muchísima arquitectura moderna es complejidad aspiracional.

No complejidad necesaria.

La complejidad basada en:

Microservicios para equipos diminutos.
Kubernetes donde no hace falta.
Cloud hyperscaler para negocios pequeños.
Observabilidad enterprise para stacks simples.
Capas y capas diseñadas no siempre para resolver problemas reales…
sino para parecer modernos, escalables o “serios”.

La complejidad se convirtió en símbolo de prestigio técnico.

Y eso contaminó culturalmente toda una industria.

Porque cuando empresas con autoridad normalizan velocidad sin control, el mercado aprende que eso es profesional.

Y así se perdió algo muy importante:

La capacidad de congelar el tiempo.

Los operadores oldschool podían hacerlo.

Si el sistema:

funcionaba,
era entendible,
estaba bajo control,
y el riesgo era conocido…

…podía permanecer años estable, silencioso, aburrido.

Tecnología tranquila.

Infraestructura diseñada no para impresionar, sino para desaparecer.

Ese aburrimiento no era mediocridad.

Era sofisticación.

Porque diseñar sistemas que no pidan atención es muchísimo más difícil que diseñar sistemas espectaculares.

Exige:

anticipación,
simplicidad disciplinada,
control de estado,
degradación elegante,
conocimiento profundo,
y respeto por la biología humana.

No por casualidad muchos veteranos de operaciones terminan alejándose del ruido moderno.

No porque odien la tecnología.

Sino porque necesitan volver a entornos donde:

la causalidad sea visible,
el mapa pueda sostenerse mentalmente,
y el cerebro vuelva a respirar.

Huertos.
Electrónica.
Radio.
Self-hosting sobrio.
Máquinas simples.
Herramientas que envejecen en silencio.

No es nostalgia.

Es recuperación de dignidad cognitiva.

Porque quizá el gran debate tecnológico de la próxima década no será:

cloud vs on-prem,
IA vs humanos,
ni siquiera privacidad vs comodidad.

Quizá será otro.

Cómo construir sistemas que sigan siendo compatibles con la mente humana.

Cómo evitar que la infraestructura devore cognitivamente a quienes la mantienen.

Cómo volver a diseñar tecnología que permita vivir, pensar y operar con calma.

Porque la mejor tecnología nunca fue la que más brillaba.

Fue la que dejaba de pedir atención.

Hierro y código

En su pueblo le llamarían «el que domaba lo invisible».

Había pasado media vida entrando en máquinas sin abrirlas, atravesando cables como si fueran puertas, susurrando órdenes que viajaban por hilos de cobre y regresaban convertidas en obediencia. Para él, el mundo tenía dos capas: la que se toca y la que se controla jugando con las teclas de un buen teclado. Y casi siempre, la segunda vencía a la primera.

Casi siempre.

Aquella tarde sostenía una pequeña cámara entre los dedos. Un sencillo ojo para vigilar la intemperie. Nada dramático. Nada heroico. Solo un proyecto más en la lista interminable de “esto lo dejo fino y me olvido”.

Miró la cámara con esa seguridad peligrosa que solo tienen los que llevan miles de horas a sus espaldas. A los lados del objetivo, dos pequeños círculos oscuros. Inofensivos. Decorativos, casi. Esas lucecitas infrarrojas para ver en la noche, y pensó para sí mismo, algo que podría haber dicho con total seguridad si fuera la pregunta de un tercero:

—No hay fallo, esas lucecitas ya luego las apago por software.

La frase salió limpia, redonda, incontestable. Como tantas otras veces.

Entonces cogió la cámara y empezó a trabajar en ella. La envolvió en plástico transparente. La selló con calor. El material se fundió y abrazó la placa con una perfección casi artesanal. Hermética. Resistente. Lista para el frío, la lluvia y el polvo. Un pequeño sarcófago tecnológico preparado para sobrevivir al exterior.

Quedó impecable.

Cayó la noche.

Y entonces, en medio de la oscuridad, aparecieron dos puntos rojos.

No parpadeaban.
No dudaban.
No negociaban.

Brillaban.

Fijos. Constantes. Desafiantes.

Se quedó mirándolos un segundo más de lo necesario. Ese segundo en el que el cerebro intenta encajar la realidad en el plan previsto. No encajaba.

Volvió a su terreno natural. Se sentó frente al ordenador. Conectó. Accedió. Buscó la cámara como hacía siempre. Remotamente, por cable, por dentro. Entró al sistema, navegó menús, lanzó comandos. Como un cirujano que ya ha abierto cientos de veces el mismo cuerpo.

Nada.

Los puntos rojos seguían ahí, ardiendo con la serenidad insultante de quien no depende de tus órdenes.

Probó otra vía. Reinició servicios. Desactivó módulos. Quitó controladores. Desnudó el sistema pieza por pieza, convencido de que, en algún rincón lógico, habría un interruptor.

Nada.

Porque aquellas luces no vivían en el mundo del código.

Vivían en el mundo del hierro.

Y el hierro no escucha.

Intentó lo imposible: hablarle con comandos a algo que no entendía lenguaje. Trató de hackear con palabras lo que solo respondía a corriente. Buscó una opción oculta, una línea secreta.

Pero allí no había software. Había ley de Ohm. Había electricidad pura y sin filosofía. Había un circuito simple que decía: si hay energía, hay luz.

Y él había sellado la energía con plástico transparente.

Se acercó a la cámara. Tapó el frontal. La luz escapó por los bordes. Se filtraba por las uniones, por la base del reflector, por el propio plástico que él mismo había fundido con orgullo. La carcasa se había convertido en un anillo luminoso. Una pequeña linterna involuntaria, encapsulada con amor y exceso de confianza.

Era grotesco y hermoso a la vez.

En el pueblo alguien habría soltado, con sonrisa:

—Vaya cristo bendito. La que liaste, chaval!

Y esta vez no habría discusión posible.

Ahí estaba él, ingeniero de lo invisible, derrotado por dos LEDs del tamaño de una lenteja. No por falta de conocimiento. No por incompetencia. Sino por ese instante fugaz en el que olvidó que debajo del software late algo mucho más antiguo y noble. Algo que no se parchea.

La física.

La materia.

El cobre.

El electrón que no entiende de prestigio ni de experiencia.

Fue un momento breve pero limpio. El tipo de momento que no humilla, pero enseña. El tipo de golpe que no rompe, pero coloca en su sitio.

Podía romper el sello. Podía empezar de cero. Podía maldecir la placa, el diseño, el fabricante. Pero la culpa no era del mundo.

Había subestimado el hierro.

Así que hizo lo único digno: aceptarlo.

Buscó pintura negra. Negra de verdad. Mate, profunda, sin brillo. Como si fuera a enterrar una estrella diminuta. Cubrió cada rendija por donde escapaba la luz. Cada borde. Cada milímetro traicionero. Paciente. Metódico. Sin dramatismo, pero con respeto renovado.

Esperó.

Volvió la noche.

Y esta vez no brilló nada.

La cámara quedó allí, silenciosa, obediente, casi humilde. Cumpliendo su función sin delatarse. Sin faros. Sin brasas rojas en la oscuridad.

Sonrió.

No porque hubiera ganado.

Sino porque había recordado algo esencial: el software es poderoso, sí. Permite entrar sin abrir, tocar sin romper, gobernar a distancia. Pero cuando la corriente circula por un cable sellado en plástico, cuando un circuito decide que la energía se convierte en luz, no hay comando que lo convenza.

El código puede mucho.

Pero el hierro decide.

Manifiesto ROOT

En las últimas semanas he hablado mucho de control, nube y vida digital.
No desde el alarmismo, ni desde la nostalgia técnica.

Desde una pregunta mucho más incómoda:
¿sabemos realmente quién tiene la última palabra sobre nuestros datos?

El Manifiesto ROOT no es un texto contra la tecnología.
Tampoco es una llamada a “volver atrás”.

Es un documento para poner nombre a algo que muchos técnicos y no técnicos sienten, pero no saben formular:
la diferencia entre usar sistemas…
y vivir dentro de ellos sin entenderlos.

No es un texto para asustar.
Es un texto para dejar de mentirse.

Habla de:

  • falso control
  • permisos prestados
  • conocimiento irreversible
  • y de por qué reducir, a veces, es un acto de dignidad

👉 Leer el Manifiesto ROOT:
https://adrianmoderna.com/manifiestos/manifiesto-root

Internet no ha muerto

En los últimos días se ha vuelto a decir que Europa ha perdido Internet.
La frase es potente, pero sin contexto puede generar más confusión que claridad.

He publicado un ensayo largo para personas —no técnico—
para separar red, nube y plataformas,
entender dónde está realmente el poder hoy
y evitar el alarmismo que paraliza en lugar de ayudar.

No es un texto para asustar.
Es un texto para comprender.

👉 Leer el ensayo completo:
https://adrianmoderna.com/ensayos/internet-no-ha-muerto

ISSR Project, el router de Internet que puede ayudar a salvar vidas

Aunque nos lo parezca, normalmente a la mayoría de nosotros no nos importa estar 100% seguros de que nuestra red Internet está funcionando bien, siempre activa.

Aunque sí que decimos que nos importa y lo comentamos con nuestros amigos y familia, sobre todo el día que nos falla la red.

Es ese el único momento real en nuestra ajetreada vida en el que somos conscientes de no tener Internet y sufrimos. Nos enfadamos con los proveedores de red y suele ser cuando bailamos un rato entre ofertas comerciales de unas y otras operadoras y firmamos nuevos acuerdos que creemos serán mejores que los que ya teníamos hasta ese momento.

Una vez nuestro servicio se restablece nos olvidamos de que nuestra red pueda fallar de nuevo.

Nos aferramos a la esperanza de que ya no vuelva a suceder. Como decimos en Galicia: ¡Malo será!

Lo que no nos preocupa en absoluto es tener una alta disponibilidad de red, como se dice a nivel técnico. Que siempre esté disponible nuestra red.

Pero ojo, siempre es siempre, no sirve «casi siempre».

Claro que para que ese siempre se cumpla a nivel técnico han de convivir una serie de elementos de gran precisión.

Necesitaremos, resumiendo, más de una red de acceso a Internet y un equipo de máquinas y personas pendientes de ellas, para avisarnos y/o proceder a su restablecimiento, en caso de caídas.

Aún teniendo 2 redes y el mejor y más avanzado sistema de control automático de red, podría darse el caso de quedarnos sin servicio de Internet igualmente.

Claro qué, mejor menos tiempo, mejor menos cortes, mejor un servicio más eficiente, pero lo mejor y más importante, saber siempre cuándo tenemos Red y cuándo no la tenemos.

¿A alguien le avisa su operadora cuando ha fallado la red?

Cierto es que teniendo profesionales altamente cualificados pendientes de nuestras redes, muchas veces ni tan siquiera nos enteraremos de que ha habido un corte puesto que de forma transparente nuestro tráfico es redirigido y todo funciona.

Es importante tener ésto último claro y presente pues sin personas y máquinas detrás de nuestras redes no podríamos disfrutar de una conexión siempre disponible.

El motivo por el que escribo este post ahora surge a raíz de una historia personal vital en mi familia.

He decidido proveer un sistema de avisos de emergencia para mi anciana abuela con garantías.

Antes de comenzar a explicar con detalle, quiero hacer un último apunte muy relevante.

No somos conscientes de la fragilidad e inestabilidad de nuestra acometida de red de conexión a Internet y confiamos ciegamente en ella confiándole teléfonos fijos o alarmas de seguridad física y personal.

Quedar sin servicio momentáneamente no suele ser un problema grave para la mayoría de las personas. Además la mayoría de las incidencias son resueltas en una media de tiempo relativamente razonable en España.

Imaginemos una alarma conectada a Internet, los malos rompen nuestro cable de fibra, apagan la red eléctrica y roban todas nuestras pertenencias.

La alarma de poco ha servido pero tenemos un seguro de hogar, o de empresa. Quizá hasta nos hayan ayudado a deshacernos del romanticismo que teníamos sobre aquellas cosas que ya no tenemos.

Pero… ¿y si de Internet dependiera nuestra vida? ¿Qué pasaría si un aviso de emergencia de un anciano que vive sólo no llegase a su destino?

Si creemos que comprando equipos avisadores de emergencia básicos, usando las primeras búsquedas de Google o Amazon y gastando unos pocos euros estaremos cubiertos y seguros, no estaremos haciendo otra cosa que engañarnos.

Un tercero puede proveernos hardware y servicios pero ante un caos, si no tenemos herramientas transparentes y el control, por nosotros mismos, no estaremos realmente seguros.

No olvidemos nunca que ante una catástrofe las compañías de seguros no nos cubrirán y que un proveedor de servicios ante una negligencia en la monitorización se cubrirá con su seguro, incluso cuando de vidas se trate.

No dejemos la vida de nuestros seres queridos en una quimera de la seguridad.

Por todo esto ahora recupero un viejo proyecto que ya estaba olvidado en mi cajón.

ISSR Project (Internet Speed’n’Security Router), un sistema que puede salvar vidas

Este proyecto pretende diseñar, desarrollar, comercializar y documentar un enrutador para Internet con las siguientes características imprescindibles:

1. Control de red. Monitorización continua del tráfico de red, de la capacidad real cada cierto tiempo (mínimo cada hora) para evaluación del caudal real recibido con respecto a la capacidad contratada al operador de red.

2. Autonomía ante cortes de tension de la red eléctrica. Monitorización continua de la red eléctrica y sistema SAI para proveer electricidad al propio equipo, al router de la operadora de red de cable y, si es el caso, al switch de red instalado a continuación.

3. Avisos regulares de calidad tanto para la red Internet como para la red eléctrica, mediante email y SMS para el usuario.

Principales características opcionales disponibles como ampliación para el equipo ISSR (imprescindibles la 1 y 2 para avisos de emergencia):

1. HANet, una segunda red Internet en alta disponibilidad. Sólo será posible una red de cable, el ISSR sólo dispone de 1 puerto ethernet WAN, que normalmente será la red principal, aunque podría ser que la principal se encuentre vía USB. La red secundaria normalmente será vía USB, dónde irá enchufado un router 4G de formato pendrive. Sería posible que las 2 redes fueran 4G por lo que se contempla el diseño con un mínimo de 2 puertos USB.

2. Avisador de emergencia para pulsadores por radiofrecuencia. Aprovechando el ISSR es posible instalar un módulo receptor de radio para recibir señales de pulsadores locales que se traducirán en avisos instantáneos de emergencia a la lista de destinatarios que el usuario decida, ya sea por email o SMS. Es vital que el ISSR monitorice el módulo de radiofrecuencia, al menos a nivel eléctrico, para estar seguros de que su electrónica está en funcionamiento. No sería descartable que el propio ISSR lance señal de radio de test usando un emisor para que el chequeo sea un ejemplo de la realidad.

3. Filtro básico para navegación segura y sin publicidad. De forma opcional el usuario podrá definir una lista de dominios de Internet de los que no desea tráfico. Una aplicación típica de este tipo de filtro es erradicar el tráfico de sitios de Internet indeseables, como los molestos servicios de anuncios y de fake news. Este tipo de filtrado también podría ser usado para permitir un control estricto para que la red local sólo use servicios muy concretos, como aplicaciones profesionales aisladas que necesiten fiabilidad y nunca sean molestadas por una red descontrolada. Un ejemplo de este tipo de aplicación sería GourmeTPV, de Infolitic.

4. Router WiFi. El ISSR debe poder proveer una red sin cables, en las bandas 2.4Ghz y 5Ghz. Es recomendable que el usuario apague el WiFi del router de su operadora, normalmente vulnerable a ataques de ciberseguridad por su bajo o nulo mantenimiento, y lo sustituya por el servicio WiFi del ISSR, dónde además podrá beneficiarse del filtro de navegación segura y sin publicidad, muy útil para uso con dispositivos móviles.

ISSR, un equipo autónomo que debe estar administrado por profesionales

Entendamos ahora, tras este primer acercamiento al proyecto, que el ISSR sólo será fiable si un sistema de monitoreo en Internet está pendiente de que se encuentra operativo en todo momento.

Por ello este tipo de equipo, el ISSR, dependerá de un proveedor profesional que lo controle 24/7, esté pendiente de él las 24 horas del día, los 7 días de la semana.

Lógicamente el control del ISSR es opcional, podríamos ser quienes de hacer esta tarea a título personal de disponer de las capacidades técnicas necesarias y de los sistemas básicos fiables, en formato de alta disponibilidad, para mantener siempre a raya esta tarea.

Espero tu feedback sobre este post. Un artículo que iré completando con más información según el proyecto evolucione.

Podéis contactarme con vuestros comentarios o sugerencias desde la sección de Contacto.

Ciberabrazos! 🤘🏻🤓

Cómo configurar tu cuenta de email en tu smartphone con la APP AquaMail en Android

Un poco de historia personal…

Hace ya muchos años que el email se encuentra entre nosotros como una de las formas de comunicación más importante.

No recuerdo exactamente cual fue mi primera cuenta de correo pero creo que fué una cuenta de Infovía que Telefónica ofrecía a sus clientes, los que usábamos su red, hacia finales del año 1995.

Tampoco recuerdo qué tamaño tenía para almacenar correo pero es posible que no tuviera más de 10 MB de espacio de almacenamiento total en los servidores de la compañía.

Muchas historias han pasado desde aquella con respecto al email. Personalmente fue muy emocionante cuando entrando en el siglo XXI monté un servidor de correo con varios dominios y sistema antispam, conectado en una de las primeras líneas ADSL de 2Mbps. Un servidor residencial con el que pude ofrecer cuentas de correo a amigos y familia, unos años antes de que Google lanzase GMail.

Siempre quedará la anécdota en mi mente de que muchos amigos me decían la frase «estás loco, ¿para qué querría yo un email?…» o «nunca usaré eso, es absurdo»…

Otro gran hito fué, en medio del estallido de la gran crisis de 2008 cuando empecé a usar el email con tecnología push, en mi nuevo iPhone, un teléfono que funcionaba realmente bien con el sistema d-push de la Debian del momento.

Cuando el sistema Android adelantó en muchos aspectos a iOS yo mismo fui de los que dejó de utilizar Apple a diario para empezar a trabajar con Android de Google.

Hará una década de todo esto y en estos años he visto pasar por Android un montón de aplicaciones de correo, muchas buenas y que no existen, otras malas que siguen… un poco de todo.

Y desde entonces siempre he estado analizando diferencias entre ellas, buscando siempre como base la seguridad y la privacidad (siempre muy relativa en los smartphones, sobre los que podríamos pasar muchas horas hablando), y sobre esta base, la productividad y la eficiencia.

En base a ésta, mi experiencia personal, sólo una aplicación ha resistido los años y sigue siendo hoy la que tengo de referencia y con la que trabajo sin errores cada día.

Esta APP es AquaMail, si sigues leyendo estas líneas verás que simple es ponerla a funcionar para tí.

Tu email y la privacidad por encima de todo

Antes de empezar debes tener una cuenta de correo, lógicamente. Te recomendaré siempre que sea una cuenta de tu propio dominio, en tu propio hosting o servidor privado. Te recomendaré siempre que el servidor en el que se aloje esté gestionado por una empresa en pro de la privacidad, que no comercie con tu información pero que tampoco se excuse en motivos para leer o procesar tu información para algún fin, por muy bonito que te lo pinten.

Tu información es tuya, tu email debe ser tuyo, privado e intransferible.

Si no tienes todavía el conocimiento para saber hacer funcionar tu servidor o hosting te recomiendo que delegues esta tarea a una empresa seria y responsable que no tenga inconveniente en firmar un contrato que diga ésto que yo te cuento aquí hoy.

Y te digo más, si desconfías de tu proveedor de infraestructura o de Internet o de la red de datos que utilizas, te recomiendo también que realices un cifrado de tus comunicaciones de correo y que sólo utilices sistemas operativos de código abierto, mejor libres, como Debian, con un cliente de correo con la misma filosofía, como Thunderbird, por ejemplo.

Larga vida al email, larga vida a la privacidad de la información y larga vida al software libre, ¡por el bien de la humanidad! 😉

AquaMail, tu propio email en Android siempre operativo

Empezaremos descargando la APP AquaMail en su versión gratuita, desde el marketplace de nuestro teléfono Android. Muy importante, fíjate que el desarrollador de la aplicación sea MobiSystems:

Una vez instalada seleccionaremos «Correo de Internet»:

Escribiremos nuestra dirección email y nuestra contraseña. Después haremos tap en «Manual» para configurar el resto de opciones:

Configuraremos nuestro servidor entrante, en dónde está nuestro correo, nuestra bandeja de entrada y demás carpetas. Mi recomendación siempre es usar IMAP con SSL con comprobación estricta en AquaMail, típico en el puerto 993. Si no tienes esta información de tu email contacta con tu proveedor o escríbeme para ayudarte a conseguirla.

A continuación configuraremos el servidor saliente, que es al que entregamos emails para que éste los envíe a su destino o los pase a otro servidor similar, de los probablemente varios que estarán en el medio, entre tú y tu destinatario. En este caso te recomiendo un servidor con autenticación, un SMTP AUTH o con un sistema similar, lógicamente con SSL, con comprobación estricta en AquaMail y típicamente funcionando en el puerto 465.

Por último ponemos el remite bonito y habilitamos el push, un básico que nos permitirá ser notificados en tiempo real, en el justo momento en el que un email entre en nuestras bandejas.

En este paso AquaMail nos avisará de los permisos que debemos conceder a la APP para su correcto funcionamiento:

Y listo! 🙂 Ya lo tenemos… Ésto es lo que veremos en ese momento:

Fíjate cómo son las interfaces y algunas de sus opciones. Es realmente completo y configurable. Si quieres adaptarlo a tu medida te recomiendo dedicarle un rato cada día, durante días… Te reto a probar cada una de sus opciones! 😀

Listado de correos en mi bandeja de entrada en AquaMail
Opciones para realizar sobre un email que hemos recibido
Pantalla de redacción de email nuevo, en la versión gratuita (con la firma promocional)

Y cómo todo buen software tiene su versión profesional, su versión pro, su versión con todo su potencial… Te la recomiendo, tiene un gran valor a un precio realmente excepcional. Yo la tengo desde hace muchos años y estoy encantado.

Hasta aquí este HowTo fácil que te permitirá disfrutar de tu email en tu smartphone a pleno rendimiento.

Espero que este contenido te sea útil. Si tienes dudas déjame un comentario y estaré encantado de ayudarte.

Ciberabrazos! 😉

Cómo saber qué dispositivos están conectados a tu WiFi con la APP NetX en Android

En el artículo de esta semana explicaré una forma sencilla para identificar qué dispositivos están conectados a una red WiFi.

Aunque existen herramientas para llevar a cabo esta tarea de un modo más profesional, como por ejemplo nmap, en estas pocas líneas verás como con una simple APP en tu móvil podrás saber fácilmente qué dispositivos están conectados a tu red inalámbrica.

Empezaremos descargando la APP NetX, en su versión gratuita, desde el marketplace de nuestro teléfono Android. Muy importante, fíjate que el desarrollador de la aplicación sea NetGEL:

NetX de NetGEL en el marketplace de aplicaciones de Google

En nuestro ejemplo, estamos conectados a una red WiFi con el nombre ModernaWiFi.

Una vez arrancada la aplicación, arrastraremos nuestro dedo hacia abajo, desde la mitad de la pantalla, por ejemplo, el gesto típico para recargar contenidos.

NetX iniciará una tarea de escaneo de red y finalmente nos mostrará la lista de dispositivos conectados:

Resultado de un escaneo de dispositivos conectados a una WiFi con NetX

En el pantallazo anterior vemos el resultado. En nuestra red hay 3 dispositivos ahora mismo: un dispositivo con nombre kira con una mac Intel, un teléfono Google Pixel 3a (con el que estamos haciendo este escaneo) y el router WiFi con la IP que finaliza en 120.

Estos 3 dispositivos son de confianza en nuestra red, los conocemos.

¿Y si no conocemos alguno de los dispositivos conectados?

Lo primero, más importante y extremadamente urgente será desconectar de la red aquellos dispositivos importantes, para minimizar su exposición ante un posible intruso. La prevención de base, siempre.

Lo segundo que haremos será cambiar la clave de nuestra red. Incluso su nombre. Además será recomendable actualizar (y mantener actualizado) el software de nuestros equipos de red, el firmware del router, por ejemplo.

Por último conectaremos de nuevo cada uno de nuestros dispositivos de confianza a la nueva red y repetiremos el escaneo con NetX (las veces que haga falta), para comprobar que todo está correcto y que el posible enemigo ya no está en nuestra casa.

Lógicamente estos pasos no garantizarán que si había un intruso en nuestra WiFi no vuelva a estar ahí en un futuro, a corto, medio o largo plazo.

Podríamos mantener monitorizada la red de forma constante (como el escaneo de NetX, pero a cada rato, con notificaciones ante cambios), para ser conscientes de una intrusión y atacarla una vez suceda.

Aunque sin lugar a dudas, si existe una intrusión en nuestra red y nos importa nuestra información, lo ideal es ponerse en contacto con un especialista en ciberseguridad para que nos ayude a blindar nuestra infraestructura, del modo más óptimo posible.

Hasta aquí este HowTo fácil que te permitirá mantener un control puntual de tu red inalámbrica y a detectar posibles intrusos en ella.

Espero que este contenido te sea útil. Si tienes dudas déjame un comentario y estaré encantado de ayudarte.

Ciberabrazos! ?