Por qué el mayor cambio del automóvil del siglo XXI quizá no sea el coche eléctrico, sino la unión entre movilidad, energía y autonomía doméstica

«Spoiler.

Voy a hacer una afirmación que hace apenas diez años me habría parecido exagerada incluso a mí.

Es posible que el mayor avance del automóvil moderno no sea el motor eléctrico.

Ni siquiera la batería.

Es posible que el verdadero cambio de paradigma sea mucho más silencioso.

Que, por primera vez en más de un siglo, el automóvil esté dejando de ser únicamente un medio de transporte para convertirse en una pieza más de la infraestructura energética de una vivienda.

Y si esa afirmación termina siendo cierta, dentro de unas décadas miraremos atrás y nos daremos cuenta de que llevábamos más de cien años haciendo la pregunta equivocada.»

Introducción. La pregunta equivocada

Vivimos una época curiosa.

Nunca se ha hablado tanto de automóviles.

Nunca ha existido tanta oferta.

Nunca ha habido tanta tecnología.

Y, sin embargo, tengo la sensación de que casi todas las conversaciones importantes sobre movilidad están mal planteadas.

Discutimos sobre eléctricos.

Sobre híbridos.

Sobre gasolina.

Sobre diésel.

Sobre emisiones.

Sobre autonomía.

Sobre tiempos de carga.

Sobre si una tecnología «ganará» a otra.

Pero muy pocas veces nos detenemos a pensar cuál es realmente el problema que estamos intentando resolver.

Porque quizá el automóvil nunca haya sido el protagonista.

Quizá el verdadero protagonista siempre haya sido la energía.

Y eso cambia completamente la conversación.

El mejor rival posible

Cuando decidí analizar este problema me impuse una condición.

No iba a comparar un híbrido enchufable moderno contra un coche cualquiera.

Eso habría sido demasiado fácil.

Quería enfrentarlo a uno de los mejores motores que ha producido la industria europea en términos de equilibrio entre coste, consumo, robustez y durabilidad.

Un viejo conocido.

Un Seat León de 2004 equipado con el mítico 1.9 TDI del Grupo VAG.

Más de veinte años después continúa funcionando.

Su mantenimiento durante toda su vida ha sido sorprendentemente bajo.

Su consumo sigue siendo extraordinario.

Su autonomía continúa siendo excelente.

Y probablemente siga circulando muchos años más.

No es un coche excepcional porque corra mucho.

Lo es porque representa el final de una época.

La época en la que la ingeniería del motor de combustión alcanzó una madurez extraordinaria.

Por eso era el rival perfecto.

Si una tecnología moderna conseguía plantear argumentos sólidos frente a semejante referencia, significaría que merecía la pena escucharla.

La realidad del día a día

Mi realidad es sencilla.

Recorro aproximadamente tres mil kilómetros al mes.

No es una cifra representativa de la media de conductores.

Es una cifra elevada.

Y precisamente por eso el coste energético empieza a ser importante.

Mi León consume aproximadamente doscientos litros de combustible cada mes.

Cuatro depósitos.

Trescientos euros aproximadamente.

Mes tras mes.

Año tras año.

Es un coste perfectamente asumible.

Pero también es un coste permanente.

No importa cuántos años tenga el coche.

No importa cuánto haya costado.

Cada mes vuelvo a empezar desde cero.

Lleno el depósito.

La energía desaparece.

Vuelvo a llenar el depósito.

Y así sucesivamente.

Durante veinte años.

Sin excepción.

Hasta aquí no hay ninguna sorpresa.

Así ha funcionado el automóvil desde hace más de un siglo.

La primera sorpresa

Entonces decidí mirar un compacto híbrido enchufable moderno.

No un SUV.

No un coche de lujo.

No un vehículo experimental.

Simplemente un compacto comparable al mío.

El León eHybrid.

Y ahí apareció el primer dato que me hizo detenerme.

Su batería ronda los veinte kilovatios hora.

Su autonomía eléctrica real ronda los cien kilómetros.

Exactamente el orden de magnitud que necesita una enorme cantidad de conductores para cubrir su movilidad cotidiana.

Hasta aquí tampoco parece revolucionario.

Lo interesante empieza cuando hacemos una cuenta extremadamente sencilla.

Si cargar completamente esa batería cuesta aproximadamente tres euros durante la noche…

…y esa carga permite recorrer aproximadamente cien kilómetros…

…entonces recorrer esos mismos tres mil kilómetros mensuales cuesta aproximadamente noventa euros.

Noventa.

No trescientos.

La diferencia es enorme.

Pero todavía no es la conclusión importante.

De hecho, podría decirse que es la parte menos interesante de todo el análisis.

El error que cometemos todos

En este punto la mayoría de artículos terminan.

Comparan:

300 euros.

Contra 90 euros.

Y concluyen que el híbrido enchufable consume menos.

Fin del análisis.

Pero ese razonamiento es incompleto.

Porque inmediatamente aparece la objeción lógica.

«Sí… pero el coche cuesta cuarenta mil euros.»

Y es verdad.

Mi viejo León está amortizado desde hace años.

No tiene ningún sentido exigir que un vehículo completamente nuevo recupere su coste únicamente mediante el ahorro de combustible.

Sería un análisis profundamente injusto.

La comparación correcta no es:

León 2004.

Contra.

León 2026.

La comparación correcta es otra muy distinta.

Supongamos que mañana mi viejo León deja de existir.

¿Qué compraría?

¿Otro compacto moderno de gasolina?

¿Un diésel moderno?

¿O un híbrido enchufable?

Y aquí ocurre algo muy interesante.

Porque un compacto moderno de gasolina o diésel ya no cuesta diez mil euros.

Cuesta treinta.

Treinta y cinco.

Incluso más.

De repente el híbrido enchufable deja de ser un coche absurdamente caro.

Pasa a ser una variante tecnológica cuyo sobrecoste empieza a medirse en unos pocos miles de euros.

La conversación cambia completamente.

El momento en que el coche deja de ser el protagonista

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Dejé de pensar en coches.

Empecé a pensar en energía.

Los tres mil kilómetros mensuales del híbrido enchufable requieren aproximadamente quinientos setenta kilovatios hora al mes.

Quinientos setenta.

Ese número empezó a perseguirme.

Porque ya lo había visto antes.

Una instalación fotovoltaica residencial razonable puede producir una cantidad de energía de ese orden de magnitud.

De repente dejé de preguntarme cuánto combustible consumía un coche.

Empecé a preguntarme cuánto costaba producir esa energía.

Son dos preguntas completamente distintas.

Y conducen a dos formas radicalmente diferentes de entender la movilidad.

Comprar combustible o comprar capacidad de producir energía

Durante más de cien años hemos hecho exactamente la misma operación.

Compramos energía.

La consumimos.

Desaparece.

Volvemos a comprarla.

Nunca poseemos la energía.

Simplemente pagamos por utilizarla.

Una instalación fotovoltaica funciona exactamente al revés.

No compra energía.

Compra infraestructura.

Paneles.

Estructura.

Inversor.

Cableado.

Es decir, compra capacidad de producir energía durante décadas.

Y aquí aparece una idea que, en mi opinión, cambia completamente el paradigma.

No estamos dejando de comprar combustible.

Estamos comprando por adelantado una parte importante de nuestra energía futura.

La diferencia conceptual es enorme.

El dinero deja de ir al depósito

Supongamos un escenario muy sencillo.

Mi León TDI.

Tres mil kilómetros al mes.

Trescientos euros mensuales de combustible.

Durante diez años.

Eso supone aproximadamente treinta y seis mil euros únicamente en energía.

Treinta y seis mil euros.

Sin contar mantenimiento.

Sin contar averías.

Sin contar el propio coche.

Simplemente combustible.

Ahora imaginemos otro escenario.

Un híbrido enchufable moderno.

Una instalación fotovoltaica correctamente dimensionada.

Durante los primeros años la instalación se amortiza.

Los paneles producen energía.

El coche consume esa energía.

Y una vez amortizada la instalación, el coste marginal de esos kilómetros cae drásticamente.

No desaparece.

Existen mantenimientos.

Existe degradación.

Existe reposición de componentes.

Pero la naturaleza del gasto cambia completamente.

Ya no depende principalmente del mercado energético.

Depende, sobre todo, de una infraestructura que ya es nuestra.

Y aquí aparece una idea especialmente interesante.

En determinados escenarios de uso intensivo, el ahorro energético acumulado durante la vida económica del vehículo puede acercarse al coste de adquisición del propio automóvil.

No significa que el coche salga gratis.

Significa algo mucho más importante.

Que una parte muy significativa del dinero que antes desaparecía cada mes en combustible puede transformarse en patrimonio tecnológico.

En activos.

No en consumo.

OPEX contra CAPEX

Los ingenieros y los directores técnicos estamos acostumbrados a pensar de otra manera.

Existe una diferencia enorme entre un gasto operativo y una inversión.

El combustible es un gasto operativo puro.

Cada litro desaparece para siempre.

La fotovoltaica es una inversión.

Produce durante décadas.

Quizá el concepto más potente de todo este artículo sea precisamente ese.

No estamos comparando dos coches.

Estamos comparando dos modelos económicos.

Modelo A.

Comprar energía continuamente.

Modelo B.

Comprar capacidad de producir energía.

Y esa diferencia trasciende completamente el automóvil.

Entonces comprendí que estaba analizando otra cosa

En ese momento dejé de pensar en un híbrido enchufable.

Empecé a pensar en una arquitectura energética.

Porque la misma instalación fotovoltaica que alimenta el coche también puede alimentar la vivienda.

Puede reducir el coste del aire acondicionado.

Puede reducir el coste de una bomba de calor.

Puede alimentar un sistema de ventilación.

Puede reducir el coste de servidores domésticos.

Puede reducir el coste de herramientas.

Puede reducir el coste de cualquier consumo eléctrico.

Es decir.

La infraestructura deja de pertenecer al coche.

El coche pasa a pertenecer a la infraestructura.

Y esa frase resume probablemente todo este artículo.

La batería deja de ser una batería

Un híbrido enchufable moderno incorpora aproximadamente veinte kilovatios hora de almacenamiento.

Eso significa que, cuando está aparcado en el garaje, posee una batería comparable a muchas instalaciones domésticas.

Y entonces apareció otra idea fascinante.

¿Qué ocurrirá cuando esa batería pueda alimentar la vivienda?

La industria ya trabaja en ello.

Vehicle to Home.

Vehicle to Grid.

Hoy todavía es una tecnología incipiente.

Muy condicionada por fabricantes.

Muy condicionada por regulación.

Pero el concepto es extraordinario.

Porque el coche deja de ser únicamente un vehículo.

Pasa a ser un almacenamiento energético móvil.

Y, en el caso de un híbrido enchufable, además incorpora un motor térmico y un depósito de combustible capaces de proporcionar una capa adicional de resiliencia en determinadas situaciones extraordinarias.

No es el escenario más eficiente.

Pero sí uno extraordinariamente robusto.

La gran conclusión

Este artículo no pretende convencer a nadie para comprar un híbrido enchufable.

Tampoco pretende afirmar que el motor de combustión haya terminado su historia.

Mi viejo León sigue siendo uno de los mejores ejemplos de ingeniería automovilística que conozco.

Lo que sí creo es que estamos asistiendo a algo mucho más importante.

Por primera vez, un automóvil empieza a formar parte de un sistema energético.

Y ese cambio de paradigma tiene implicaciones enormes.

Porque la conversación deja de girar alrededor del vehículo.

Empieza a girar alrededor de la infraestructura.

Quizá dentro de veinte años descubramos que muchas de estas ideas necesitaban matices.

Que algunas tecnologías tomaron caminos diferentes.

Que otras fracasaron.

Eso forma parte del progreso.

Pero tengo la impresión de que hay una idea que sí permanecerá.

Durante más de un siglo hemos comprado vehículos para consumir energía.

Quizá el verdadero cambio del siglo XXI consista en construir infraestructuras capaces de producirla.

Y cuando eso ocurra, miraremos atrás y comprenderemos que la gran revolución del automóvil moderno nunca fue abandonar el motor de combustión.

La verdadera revolución fue dejar de pensar en el coche como un coche.

Y empezar a entenderlo como una pieza más de un ecosistema energético distribuido, donde la movilidad, la vivienda y la producción de energía dejan de ser sistemas independientes para convertirse, por fin, en uno solo.

— 8< —

CAPEX (Capital Expenditure): dinero que inviertes para comprar o construir algo que va a durar años. Es una inversión.
Ejemplos: comprar un servidor, una máquina, una furgoneta, una instalación fotovoltaica o una nave.
OPEX (Operating Expenditure): dinero que gastas para que el negocio funcione en el día a día. Es un gasto operativo.
Ejemplos: alquiler, electricidad, combustible, Internet, licencias de software, mantenimiento o nóminas.
Una forma muy fácil de recordarlo:
CAPEX = «Lo compro y pasa a ser mío.»
OPEX = «Lo pago para poder seguir funcionando.»
Ejemplo práctico:
Compras un servidor por 5.000 € → CAPEX.
Pagas 150 €/mes por alojar un servidor en un datacenter → OPEX.
En una sola frase:
CAPEX construye el futuro de la empresa; OPEX mantiene la empresa funcionando cada día.

Publicado por Adrian Moderna

Emprendedor, empresario, informático, hacker, maker, diseñador, pianista, snowboarder & skater